Los Claretianos en Catamarca

Cuenta la historia que, cuando el gobernador Mate de Luna decidió fundar la ciudad de Catamarca, allá por el 1680, la Virgen María ya llevaba años en aquel Valle Viejo, arropada por los pobladores originarios en la gruta de Choya. Allí, si no fundadora,  sí la llamaban Madre. Por eso, ella tiene reservado el lugar más importante de la ciudad capital y del corazón de los catamarqueños. Tal vez por eso, el claretiano P. Zacarías Iglesias, cuando comenzaba a misionar por aquel norte, intuyó y escribió: parece que la Virgen nos quiere a su lado.

Eso fue en 1903. Desde entonces, gracias a la generosidad y espíritu apostólico del obispo Pablo Padilla y de otros ilustres sacerdotes, los claretianos se pudieron colocar cerca del Santuario de la Virgen del Valle (en la esquina de República y Ayacucho), para llevar desde allí el mensaje del Evangelio a toda la provincia, siempre con la dulzura con que -parece- los catamarqueños se han contagiado de su Santa Patrona. Parte de la diócesis de Tucumán hasta 1911, la provincia de Catamarca tendría desde entonces obispo propio en la persona de Mons. Bernabé Piedrabuena, lleno del mismo espíritu misionero. Años antes de iniciarse el seminario claretiano en Rosario de Santa Fe, Catamarca había ofrecido ya las primeras vocaciones a la Congregación claretiana: dos jóvenes que realizarían su formación y su ministerio en tierras lejanas. Los seguiría más tarde una larga y rica lista de vocaciones misioneras.

La fundamental tarea de los Misioneros Claretianos fue, desde los inicios, la predicación al pueblo de aquel territorio de alrededor de cien mil kilómetros cuadrados y con una desafiante geografía irregular, andina y preandina. Las misiones populares, los ejercicios espirituales a la gente sencilla, al clero, a religiosos y religiosas. De aquellos primeros misioneros oímos relatos impactantes de sus recorridos de horas y días, a pie y a lomo de mula, por aquellas quebradas y montañas. Tardaría décadas en aparecer la camioneta misionera del P. José Benedicto Gómez ( + 2011) que, a su vez, recorrería por largos años aquellas lejanas comunidades. Por épocas, él y otros CMF cubrieron los servicios parroquiales de la zona.

Entre tanto, los misioneros fueron adoptando también otras formas de servicio a la sociedad catamarqueña. Mientras de a poco construían el templo al Corazón de María (inaugurado en 1916), a su vera se creó, ya en 1911, la escuela nocturna y gratuita para obreros, tan necesaria en aquellos años según la estimación de los obispos del país. Prestaría su servicio hasta 1948, cediendo después su lugar a la Academia Claret.

Los catamarqueños no han olvidado las célebres Misioncitas de los niños, obra del P. Camilo Melet ( + 1946). Año tras año movilizaban a toda la ciudad con el mensaje callejero de los más pequeños, sus proclamas, sus cantos, sus gestos de caridad con los presos y los más necesitados. Los restos de aquel inolvidable misionero descansan al pie del presbiterio. Su busto lo recuerda en el atrio del templo.

Desde 1965 el templo del Corazón de María pasó a ser sede parroquial para un sector urbano y suburbano que se ha ido expandiendo rápidamente. De los cincuenta años de esta parroquia cabe subrayar dos facetas de particular significado. Ante todo el movimiento juvenil que allí floreció con el impulso del P. Miguel A. Cardoso ( + 2002) con incidencia en la ciudad y continuado por quienes lo sucedieron. Y, en segundo lugar, el compromiso pastoral de los misioneros en la atención a las muchas urbanizaciones surgidas en el territorio parroquial.  Un territorio donde, además, en solidaridad con la gente, han acompañado y dirigido la construcción de los templos de Fátima, de María Auxiliadora, de San Antonio M. Claret, y, en su momento, la restructuración de otros (San Nicolás y San Isidro). Algunos son ahora sedes de nuevas parroquias.

Quien visite Catamarca no deje de acercarse al cementerio municipal. Allí, en el panteón de los Misioneros, podrá registrar los nombres de destacados Hijos del Corazón de María que misionaron aquellas tierras.

P. Gustavo Alonso

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