Testimonio vocacional del P. Ricardo Aparicio Pérez

semblanzas

Cuando el P. Ricardo Aparicio cumplió 50 años de sacerdocio, el periodista y misionero claretiano Agustín Cabré lo entrevistó para conocer el camino recorrido, entregando su testimonio como inspiración vocacional a los jóvenes. Les invitamos a conocer esta generosa historia de vida y compromiso:

“Ricardo se vio rodeado del cariño del pueblo al celebrar su fecha de oro: 50 años de sacerdocio (mayo 2013). En La Quiaca, allá en el rincón montañoso, verde y ocre, donde Argentina se codea con Bolivia, fue la celebración. Mucha gente agradecida. Mucho recuerdo emocionado. Mucho testimonio de lo que ha significado su servicio pastoral  para los empobrecidos, los animadores pastorales, los habitantes originarios de la amplia región que comprende la Prelatura de Humahuaca.

Lo encontramos una tarde y le decimos que nos cuente algo de su vida misionera.

  • Ricardo, tú hablas de dos grandes etapas en tu vida.
  • Ciertamente. Hay un antes, mi vida en España, y un después, mi vida en América. Son dos mundos, dos experiencias, dos historias, dos bendiciones.
  • Cuéntanos de tu niñez.
  • R. Nací en un pueblito llamado Posada de la Valduerna, en la provincia de León, España, el 29 de julio de 1936, a los pocos días de haber estallado la guerra civil española. Justo con esas palabras anunció mi madre a la abuela que estaba llegando la hora del parto: “mamá, que llegó la revolución”.

No es un dato menor, porque a los pocos meses el papá, junto con los abuelos paternos, fueron llevados presos por las fuerzas franquistas, acusados por  algunos vecinos falangistas.

Eso influyó en mi infancia, porque estuve a punto de morir por enfermedad y desnutrición.  Pero mi madre veía las cosas desde el lado de Dios y decía después:  “no te moriste porque Dios te  tenía destinado para cosas más grandes”.  Y las cosas que dice una madre, siempre tienen un por qué…

  • ¿Familia numerosa?
  • Somos 9 hermanos, por hoy todos vivos. Nos criamos en medio de escaseces y en austeridad, de la guerra y sus consecuencias, pero no en la miseria.

Asistimos a la escuelita humilde, separados niños y niñas, como “Dios mandaba” por entonces, y aprendimos a leer, escribir y poco más.

A los 13 años fui a estudiar a un colegio seminario que los claretianos de Bética tenían en la ciudad de Sigüenza. Dos años en medio de los crudos fríos del invierno, donde la única calefacción era correr y jugar a la pelota frontón.  Dos años felices, después de todo.

  • ¿Y tu proceso vocacional?
  • La vocación comenzó a insinuarse en una ocasión en que nos visitó y nos habló de sus andanzas un misionero venido de la actual Guinea Ecuatorial. Me gustaban los estudios, los paseos de jueves y domingo por los cerros en medio de los encinares y alcornocales de la zona. La vocación se iba desarrollando y robusteciendo como una plantita.

Del filosofado de Zafra también conservo muy buenos recuerdos. Allí fue creciendo una buena amistad con varios de los compañeros. Y me acuerdo muy bien de los primeros escarceos apostólicos, cuando se nos permitió ir a las ventas y casas del campo a dar catequesis a los niños de parajes apartados.

Novedosos y muy apetecibles los campamentos de verano en un pueblito de ensueño en la montaña, llamado San MartÌn de Trevejo

  • En qué año te ordenaste como sacerdote?
  • Espera. Ya te cuento: al pasar a teología Inauguramos el grandioso edificio de Salamanca, donde trabajamos duro manualmente para hacer la instalación eléctrica, cercos, jardines, y preparar las canchas de juego… También fueron interesantes allí las experiencias de trabajar en barrios y pueblitos vecinos.

Y llegó el día tan esperado de la ordenación sacerdotal, en el colegio de Salamanca, el  23 de mayo de 1963.  Fue ordenante el cardenal claretiano Arturo Tabera.

Después estudié  la licenciatura en humanidades clasicas, y… el gran salto.

  • Y entonces entró América en tu vida.
  • Sí. Yo siempre he considerado mi destino a América, la prelatura de Humahuaca concretamente, como un privilegio, un “detalle” de Dios para conmigo. Yo estaba encaminado a la enseñanza en colegios, pero…

Corrían los años después del Concilio Vaticano II… Aires de renovación, unos fuertes vientos pentecostales de ímpetus misioneros. Y yo pedí  venir a Humahuaca.

He ejercido mi apostolado en varias posiciones misioneras de la Prelatura, la mayor parte (y con mayor satisfacción) en el campo.  Me ha encantado la aceptación silenciosa, respetuosa y acogedora de la gente humilde. Y con ellos he trabajado a gusto. Con ilusión y con la certeza de que estaba ayudando a la gente sencilla a solucionar problemas que nadie había encarado nunca, y a encontrar a Dios a través de los sacramentos, la formación y la Biblia. Largas horas de caminata a pie o a caballo por los filos, arriba de los cerros inmensos, para visitar a las comunidades. Departamentos agrestes de Iruya y Santa Victoria. Han sido muchos años de trabajar sin descanso por la gente y con la gente.

Nos dimos cuenta los claretianos de que surgía otro tipo de Iglesia, de comunión y participación, donde los protagonistas fueran los cristianos en la comunidad, y no tanto el sacerdote. Y que había que hacer una iglesia en el campo apoyada en la acción pastoral de los mismos líderes.

Así nació el programa de Animadores de Comunidades Rurales. Junto con el querido “socio” de feliz recuerdo José M. DomÌnguez, fuimos elegidos para idear y sacar adelante ese programa. Unos 1.600 animadores han hecho el curso de iniciación en Yavi.   Más de 500 han terminado su formación. Y alrededor de 400 están ejerciendo su misión de animar a las comunidades, dar la catequesis, preparar los cursos de bautismo y matrimonio, y promover y apoyar las obras de promoción en las comunidades rurales.

Yo me di cuenta de lo desesperante y paralizante que era el aislamiento físico en los profundos y ariscos valles salteños. Y con el entusiasmo de la gente, pusimos manos a la obra para trazar y construir caminos carreteros: más de 80 km. de caminos en plena montaña.

Me di cuenta de lo importante que es el recurso agua, y la necesidad imperiosa para las comunidades de rescatar los escasos veneros (“ojitos”, manantiales). Y con el apoyo de claretianos de Bética, especialmente de Canarias, logramos poner agua corriente en 22 parajes desparramados por la campaña de Humahuaca, y canalizar agua para riego en 15 lugares.

Me di cuenta de la esclavitud a la que estaban sometidas dos comunidades en el departamento de Santa Victoria ‑Mecoyita y Abra de Mecoyita‑, y no descansamos hasta que se consiguió la expropiación de la finca respectiva, de unas 16.000 hectáreas, para que pasara a manos de sus legÌtimos poseedores, la gente que siempre la habitó y la trabajó.

La gente sentía  la necesidad de tener su iglesita o capilla como lugar de culto y reunión.  Y hubo que hacer planos y dirigir la construcción de multitud de capillas, sencillas y funcionales, por todos los rincones del campo. Personalmente he intervenido en más de 30 capillas. Lo mismo digamos de los 6 salones comunitarios.

Algunos que iban a buscarme en Humahuaca y no recordaban mi nombre, preguntaban por  “el Padre del agua”.   Muchos me han aplicado el apelativo de “ingeniero” (de caminos), “arquitecto”…  Pero todos saben bien que lo que verdaderamente he sido de corazón es un humilde “sacerdote”.  Y como sacerdote me han buscado y me han celebrado los 50 años.   Con mis más y mis menos, como cualquier hijo de vecino, pero sacerdote al fin, elegido  “de entre los hombres, a favor de los hombres” (Heb.5,1-3)

Esto es  “algo de mi vida”.   Muy personal, claro.

A los que tengan inquietudes vocacionales, yo les digo que no tengan miedo, que oren y se arrojen confiadamente en las manos de Dios. Que la vocación es un proceso que junto con el Espíritu vamos realizando día a día. Y si nos equivocamos, siempre hay tiempo de enderezar el rumbo. Felicitaciones por intentarlo.

Por mi parte, no me equivoqué, y esta vocación misionera le ha dado plenitud a mi vida.”

Por Agustín Cabré R, cmf.

3 comentarios

  1. stella maris tapia dice:

    Hermoso el testimonio del padre Ricardo, ejemplo de lucha, perseverancia y sobretodo VOCACIÓN

    • Antonio Alonso Aparicio dice:

      Siempre he estado muy orgulloso de ti. Un abrazo, tu primo Antonio Alonso Aparicio,
      Nota: el libro que te dije de Antonio María Claret es “La verdadera sabiduría”

  2. stella maris tapia dice:

    Me encantó!!!!! felicidades al padre ricardo!!!!! abrazos y besos a todos los misioneros claretianos!!!!!!!! Dios ilumine siempre sus caminos!!!!!!

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