P. Pompeyo Corada, un espíritu inagotable de servicio

pompeyo_coradaEl día que el P. Pompeyo Corada celebró 50 años de sacerdocio, el misionero claretiano Agustín Cabré lo entrevistó para conocer su testimonio, presentando su camino como inspiración vocacional para las nuevas generaciones. Les invitamos a conocer esta generosa historia de vida y compromiso:

“Del niño rubio, espigadito y con la sonrisa abierta que denota un corazón sano, ese mismo que un día golpeó las puertas del seminario claretiano en Castro Urdiales, España, hoy quedan la misma sonrisa, el mismo corazón, los ojos claros y una impresionante capacidad de escucha y de acogida a todo el que se cruce por su camino. Un camino que lleva 50 años de recorrido sacerdotal.

Pompeyo Corada Fernández nació en un pueblito cercano a Burgos. Exactamente en Quintanas de Valdelucio, allá en la región burgalesa que riega el río Lucio, una corriente mansa que los “chavales” pueden cruzar saltando en los días de sequía.

En el pueblo, era el párroco don Vicente quien les marcaba el rumbo a los chicos de la escuela: ¡tú, para maestro!, y lo convencía de ir al seminario de los maristas o de los escolapios. ¡Tú, para misionero!, y los entusiasmaba con los claretianos.

Asi, Pompeyo dejó el pueblo y sus contornos, en los que Aguilar de Campoo parecía una capital al contar con unos diez mil habitantes. E ingresó, de la mano de su padre, al seminario en Castro Urdiales, una ciudad grande que se contempla en el mar del norte y se encuentra naturalmente bella. De ahí pasó a Valmaseda, el valle de los manzanos, en el mismo país vasco. En la puerta de la casa lo recibió el hermano Antonio González, locuaz a pesar de su tartamudez, alegre como andaluz y antiguo misionero en Africa.

P. Pompeyo ¿que nos dices de esos años?

R. Mira, fueron años de experiencias comunitarias interesantes durante el proceso de formación que se da en los seminarios. Tuve maestros de categoría, como el entrañable padre Ibarreche, un excelente orientador. Lugares queridos como Castro Urdiales, Valmaseda (sí, escríbelo así, aunque en Chile se haya transformado en Balmaceda), Beire, Salvatierra, Santo Domingo de la Calzada, Salamanca… Un verdadero itinerario geográfico por España; y en todas partes aprendí algo. Puedo decir que toda mi vida la he vivido EN claretiano y CON los claretianos. Y estoy agradecido a Dios por ello.

P. Y un día la geografía se te extendió hasta el otro lado del mar.

R. Efectivamente. Yo había interrumpido los estudios, ya que me dediqué un año a la enseñanza en nuestro colegio de San Sebastián. Linda tierra, linda tarea, y buenísimas las sardinas de Santurce. Cuando regresé a los estudios, en Salamanca, todo decía que me enviarían a Roma a seguir alguna especialización en teología. Pero eran los años en que había mucha ebullición por acudir a América y a Africa para apoyar las tareas misioneras. Me incliné por esto.

P. ¿Terminaste tus estudios en América?

R. Efectivamente. Pedí venir a estas tierras del sur del mundo, y me destinaron a Chile. Pero antes debí terminar los estudios en Córdoba, Argentina. Llegué con otros dos compañeros: José María Gómez, que iba destinado a Uruguay, y José Aparicio, quien, destinado a la Argentina, debió volver a España. ¡Lo habían enviado a él, que era vegetariano fanático, al reino de los asados! Lógicamente se enfermó y se volvió a la patria.

P. ¿Y tus primeros años de sacerdote?

R. Terminé mis estudios en el seminario diocesano de Córdoba (no coincidieron los cursos que yo tenía con el esquema del seminario claretiano), y el 11 de diciembre de 1963 llegué a Chile, aterrizando en Los Cerrillos, el único aeropuerto santiaguino de entonces.

Llegué a la casa central ¿Y sabes quién me abrió la puerta en Santiago? ¡Nada menos que el buen hermano Antonio González, quien me había dado la bienvenida en mis años infantiles en Valmaseda! A él lo habían destinado también a Chile. Recibí la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de ese mismo año, en la basílica del Corazón de María. Mi primera tarea fue ayudar en el seminario menor claretiano que entonces existía en Talagante.

P. Así empezaste tu servicio sacerdotal.

R. No, no; yo empecé como “obispo”. Resulta que en un pueblito llamado Lo Abarca, donde veraneaban los seminaristas menores, el cura, don Iván Larraín, que tenía altos cargos en el Arzobispado, me dijo un día: Pompeyo, te voy a conseguir delegación para que confirmes en la parroquia. Y así fue, y me puse a confirmar a 30 chiquillos. ¡Y yo llevaba 15 días de cura!

P. Empezaste poniendo la vara alta.

R. Bueno, son servicios que hay que hacer. El misionero debe hacerse todo para todos; ése ha sido uno de los lemas en mi vida. Somos misioneros para los otros.

P. ¿Has dado muchas misiones en tu vida?

R. En realidad, no muchas si pretendes que las misiones sean solamente los días en que se va a predicar y a compartir la fe con determinada población. Pero la verdadera misión es ser enviado a comunicar al mundo que Dios nos ama. Y eso se hace siempre: con la palabra, con el gesto, con la gran predicación y con la conversación cercana con quienes buscamos a Dios en los entramados de la vida.

P. ¿Alguna anécdota misionera?

R. Recuerdo que en una misión en Graneros, unos 80 km al sur de Santiago, iba yo con un cura holandés. Y como la gente no se acercaba mucho a los sacramentos, el holandés me dijo: Pompeyo, tú, que eres español, háblales del infierno, a ver si así se confiesan…¡Habrase visto!

P. Tú has sido un misionero-educador.

R. Efectivamente. En 1965 llegué al Colegio Claretiano de Santiago, y estuve allí 10 años. Luego regresé a España para obtener la licenciatura en teología, en la Universidad Pontificia de Salamanca. No saqué el doctorado porque no hice la tesis. Y en 1978 regreso al mismo colegio de Santiago. El año 2002 fui destinado a Antofagasta.

Lo que Pompeyo no dice es que sus años en el Colegio Claretiano de Santiago fueron de un trabajo colosal. Llevó la rectoría por casi 30 años, y le dio a la enseñanza un tinte especial que, sin perder lo académico, buscó en la cercanía, la familiaridad y la amistad un sello que se conservó con los años. Así ha entendido siempre el hacer ciudadanía, en la que la nota de fe, desde lo cristocéntrico, lo mariano y lo claretiano, ponen impronta.

Dedicado absolutamente a la educación, no dejó de atender lo que es su distintivo: la pastoral de la escucha y del consejo. La cantidad de personas que le agradecen y lo tienen como referente en sus vidas no se puede contar.

Finalizada su labor en Santiago, el año 2002 pasó a Antofagasta, y en 2005 asumió como párroco en Linares. En 2008 regresa a la comunidad central de Santiago, en la que asume el servicio parroquial y la capellanía de hospitales; en 2013 pasa a la comunidad de Andacollo.

P. ¿Cómo ves tu vida desde todas tus experiencias?

R. Creo que estoy en una “rebusca” de mi condición de misionero claretiano. Me vuelvo a preguntar por el significado de ser misionero claretiano. Me pregunto si he sido capaz de dar todo lo que tenía que entregar. ¿Le habré dado todo a Chile, he servido a la congregación? Es providencial que en este tiempo de tantos cuestionamientos, yo esté en un lugar que invita a la reflexión, como es el santuario de Andacollo. Porque es mariano y claretiano. Es allí, en ese ambiente, donde he redescubierto la enorme herencia que me dejó mi padre, y que aprendí desde los años infantiles en Quintanas de Valdelucio: “escuchar a todos y en todo momento”. ¡Qué feliz me siento al realizar esta labor!

P. Gracias, Pompeyo, por tu testimonio. Gracias por tu espíritu inagotable de servicio. Gracias por tu alegría.

Dejamos a Pompeyo y nos vamos a escribir estas notas. Pero a la distancia escuchamos su voz potente, porque está cantando una de las zambas argentinas que aprendió en sus años en Córdoba: “la nocheeee, mira qué noche, con su lunita toda plateadaaaaa…”

9 comentarios

  1. JUAN NORAMBUENA dice:

    PADRE POMPEYO
    GRACIAS POR SER UN GRAN SACERDOTE Y AMIGO

  2. manuel bejares letelier dice:

    Padre Pompeyo, felicidades por sus 50 años de sacerdocio y por aquella impronta que le dio al Colegio Claretiano, los que pasamos por sus hablas siempre lo recordamos como un buen amigo,profesor y guía, ahí aprendimos a ser parte de un segundo hogar y ser Claretiano por siempre. Saludos de parte de mi familia y la mía un fuerte abrazo lo queremos mucho.

  3. Jaime Simón Marcos dice:

    Feliciades, Pompeyo. Una abrazo muy fuerte y mis mejores deseos para tí, hermano del alma.

  4. Francisco Rojas Cornejo dice:

    Padre Pompeyo, mis congratulaciones por sus 50 años de sacerdocio. Mis mejores años y recuerdos son del Colegio Claretiano, cuando usted fue Rector y después cuando me casó. Educación de calidad y para la vida. Solo gracias, eternas gracias

  5. Christian Cartajena Contador dice:

    Saludos mi recordado Padre Corada de un ex alumno del Claretianos

  6. sergio orizola serantoni dice:

    Hola Padre , solo quiero dar gracias por todo, en mi paso por el colegio claretiano y la misa de los 50 años.

  7. Mauro Cabrera dice:

    Un emocionado recuerdo desde Palma de Mallorca, que discutíamos jocosamente, en esos maravillosos años de alumno, del Claretiano en la Gran Avenida, por allá por los 70, si era o no España. Llevo muchos años dsfrutando de este paraíso terrenal y todavía no lo tengo claro… (Para mí, España es Burgos, tierra que enamora).
    Un abrazo.

  8. MARIA ANGELICA ALARCON ARREDONDO dice:

    Lo que Pompeyo no dice es que sus años en el Colegio Claretiano de Santiago fueron de un trabajo colosal. Llevó la rectoría por casi 30 años, y le dio a la enseñanza un tinte especial que, sin perder lo académico, buscó en la cercanía, la familiaridad y la amistad un sello que se conservó con los años. Así ha entendido siempre el hacer ciudadanía, en la que la nota de fe, desde lo cristocéntrico, lo mariano y lo claretiano, ponen impronta.

    Dedicado absolutamente a la educación, no dejó de atender lo que es su distintivo: la pastoral de la escucha y del consejo. La cantidad de personas que le agradecen y lo tienen como referente en sus vidas no se puede contar.

    Finalizada su labor en Santiago, el año 2002 pasó a Antofagasta, y en 2005 asumió como párroco en Linares. En 2008 regresa a la comunidad central de Santiago, en la que asume el servicio parroquial y la capellanía de hospitales; en 2013 pasa a la comunidad de Andacollo.

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