Mensaje del Superior General en el día del P. Claret

Llamados para vivir el espíritu del Fundador y los mártires

109La fiesta de nuestro Padre Fundador en este año está impregnada de especial alegría por la gracia de la beatificación de 109 hermanos nuestros mártires de la Guerra Civil Española. La entrega fiel de este numeroso grupo de misioneros, al igual que la de muchos otros -beatificados o no- a lo largo de nuestra historia congregacional, no son gestas heroicas aisladas, sino que forman parte importante del espíritu profético claretiano. Nuestro Padre Fundador vivió con intensidad este aspecto martirial de su espiritualidad, tal como lo expresé hace poco en la carta que os dirigí a propósito de la beatificación de nuestros mártires. La disposición a dar testimonio radical de la fe con la entrega de la vida, en el caso de nuestro Padre Fundador y de nuestros hermanos mártires, no fue una improvisación; al contrario, fue el fruto maduro de un proceso de transformación en Cristo vivido a lo largo de su formación y de su camino misionero. Alimentados por la Palabra de Dios, de la Eucaristía y del amor maternal del Corazón de María, experimentaron la fuerza necesaria para fundamentar sus vidas en Dios, para compartir la fraternidad en comunidad y para gastar la vida en el servicio misionero. La fidelidad de cada día les permitió vivir con gozo su vocación y prepararse con naturalidad para la entrega total y definitiva.

El XXV Capítulo General, que celebramos hace dos años, nos invitaba y continúa invitándonos a vivir en un constante proceso de transformación personal y comunitaria. Se trata de volver una y otra vez a la raíz de nuestra identidad, que es nuestra relación con Dios (Adoradores de Dios en el Espíritu), vivida en comunidad (Siendo comunidad de Testigos y Mensajeros) abocada a la misión (Congregación “en salida”) (cf. MS, 64-75). Nuestro Padre Fundador fue un contemplativo en la acción. Su incansable actividad apostólica partía de una profunda contemplación de Dios, de ahí todo el tiempo dedicado a la oración personal y el rico proceso de configuración con Cristo-Eucaristía. Por otra parte, a partir de la fundación de nuestra Congregación, nunca más vivió la misión solo; efectivamente, tanto en Vic como en Cuba, en Madrid y en Francia, su casa fue siempre una comunidad misionera. La llamada oración apostólica del P. Claret encarna perfectamente todos estos elementos; ojalá nuestra vida sea cada vez más un contante proceso de transformación en el que buscamos -como personas y como comunidades misioneras- conocer, amar, servir y alabar a Dios, al mismo tiempo, que lo damos a conocer, amar, servir y alabar por todo el mundo (cf. Aut, 233).

Que la fiesta de nuestro Padre Fundador sea un renovado estímulo para continuar creciendo en nuestra identificación carismática con él, siguiendo el ejemplo de nuestros hermanos mártires.

P. Mathew Vattamattam, CMF Superior General

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