Mártires claretianos, un testimonio cuestionante

P67-ESEl 21 de octubre son beatificados en Barcelona 109 mártires claretianos de la sangrienta Revolución Española de 1936-39.

Es el mayor grupo que llega a los altares entre los 271 hijos de Claret que en tan fatídico enfrentamiento entregaron sus vidas como testimonio máximo de fidelidad a Cristo y a la vocación misionera que habían asumido.

La congregación claretiana fue en esa instancia crucial la más victimada entre todas las de España. El reconocimiento oficial a sus mártires lo ha brindado la Iglesia tras sucesivos procesos canónicos en que se ha podido probar que las respectivas muertes fueron en carácter martirial.

El mayor tesoro congregacional

Numerosos testimonios martiriales engalanan la historia de la congregación claretiana como su mayor tesoro.

El propio fundador, san Antonio Mª Claret, ansiaba morir martirizado en fidelidad a su misión evangelizadora. No lo consiguió, pero en sus escritos consignó  como una de sus mayores alegrías el atentado en que, siendo arzobispo de Cuba, un sicario le rebanó el rostro y estuvo a punto de degollarlo.

En 1868, un estallido revolucionario destronó y exilió de España a la reina Isabel II, lo desterró también a él por ser su confesor, y asesinó entre sus misioneros al padre Francisco Crusats.

Desde entonces no han escaseado los mártires entre los hijos de Claret.

El mayor ramillete lo conforman los 271 de la Guerra Civil española. De ellos fueron beatificados el 25 de octubre de 1992 los 51 Mártires de Barbastro, y el 13 de octubre de 2013 los 23 de Sigüenza, Fernán Caballero, Tarragona y Selva del Campo.

En circunstancias similares a las de la Revolución Española entregaron sus vidas en México el hermano Mariano González, en 1914, y en 1927 el P. Andrés Solá, quien fue beatificado el 20 de noviembre de 2005.

En las misiones del Chocó, en Colombia, fue victimado el P. Modesto Arnaus en 1947, y en mayo de 2000 entregó su vida en Filipinas el P. Rhoel Gallardo.

Ciento nueve testimonios supremos

El conflicto revolucionario enfrentó a España en dos sectores fuertemente armados. En el del gobierno republicano izquierdista, que en 1931 había sustituido a la monarquía, se culpó a la Iglesia de ser cómplice en el levantamiento que el general Francisco Franco, finalmente victorioso, lideró contra él en julio de 1936.

Miliicianos anarquistas y fuerzas heterogénas afectas a la república iniciaron luego una matanza antirreligiosa que terminaría asesinando a 6.832 consagrados, entre obispos, sacerdotes y religiosos/as, por el mero hecho de serlo.

El mayor grupo claretiano que ahora es elevado a los altares ejercía su vida religiosa en diversas comunidades al estallar el conflicto. Ocho pertenecían a dos comunidades de Barcelona; otros 8 a la de Sabadell; 15 a las de Vic y Sallent; 11 a la de Lérida; 4 a la de Valencia; 3 a la de Castro Urdiales en Santander, y 60 eran miembros del seminario de Cervera, el más numeroso de la congregación en España.

De ese amplio conjunto, 49 eran sacerdotes, 31 hermanos laicos consagrados y 29 seminaristas.

La Iglesia los eleva a la beatificación identificándolos como “los siervos de Dios Mateu Casals, Teófilo Casajús, Ferrán Saperas y sus 106 compañeros mártires”, representando en los tres nominados, respectivamente, a los sacerdotes, seminaristas y hermanos laicos que conforman el grupo.

El lema de la beatificación, “Misioneros hasta el fin”, retrata cabalmente su admirable ejemplo: haber mantenido la fidelidad misionera hasta las últimas consecuencias. Constituye, por cierto, un cuestionamiento muy potente para todos los misioneros que tras ellos han asumido el compromiso evangelizador con el carisma de Claret.

En una sociedad “light” donde la fidelidad, el compromiso y el respeto a la palabra empeñada han perdido su consistencia, que un centenar de cristianos haya sido capaz de entregar la vida por lo que creía no puede dejar indiferentes a quienes profesan los mismos ideales.

Alfredo Barahona Zuleta

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