Luisina Crespo, la joven que encontró en África su misión en la vida

Periódico Puntal entrevistó a Luisina Crespo, una joven laica que vive una misión junto a los Misioneros Claretianos en República Democrática del Congo. Compartimos el relato de su experiencia a continuación:

Desde hace un año está en Kinshasa y desde su lugar en el mundo dialogó con PUNTAL. Es voluntaria en un orfanato-hospital que alberga a unos 800 niños y adolescentes enfermos y abandonados. Dice que su felicidad está en ayudar a otros. También fue misionera en Haití. Ahora su sueño es crear un centro para mujeres.

Desde miles de kilómetros de distancia con el océano Atlántico de por medio, Luisina Crespo, una joven de Canals, se dedica a pleno a trabajar por los demás, en lo que ella define es su proyecto de vida.

Comunicarse desde aquellas lejanas y exóticas tierras es difícil, pero la tecnología reduce al mínimo las distancias. Y Luisina con su celular, en medio del patio de la “Pediatría de Kimbondo”, en Kinshasa, cuenta a PUNTAL sobre su misión, aquella que emprendió casi como un descubrimiento personal y que hoy la encuentra abrazando lo más que ama, cual es brindarse a los demás. Por momentos, la comunicación se interrumpe, es que alguno de los 800 chicos y adolescentes que conviven en este orfanato-hospital quieren su atención, una caricia o una sonrisa.

Luisina nació en Luján (provincia de Buenos Aires), pero con cuatro días de vida, y por el traslado laboral de su padre, su familia se radicó en Canals. “Hice toda mi infancia y adolescencia en la escuela Nuestra Señora de la Misericordia”, comienza a desandar su historia Luisina.  Desde muy joven comenzó a formar parte de actividades de voluntariado, en sus inicios incentivadas desde el colegio y luego como una necesidad propia de crecimiento.

“Siendo adolescente siempre iba a un comedor que tenían las hermanas y donde los chicos de los últimos años del secundario hacen una pasantía. Está en las afueras del pueblo, se llama ‘la Divina Providencia’. Ahí dábamos apoyo escolar, la merienda y acompañábamos a los niños que viven en ese sector”.

Al finalizar el secundario, como tantos jóvenes de la región, partió a Córdoba para seguir una carrera universitaria. Así, ingresó en Psicopedagogía y en la Licenciatura de Teatro en la Universidad Nacional.  De la primera carrera sólo hizo unos años, la segunda la completó.

“Cuando llegué a Córdoba me sentía un poco vacía porque me faltaba ese quehacer por otros, digamos. Llegaba por ejemplo el Día del Niño y yo sentía que no estaba en ningún lugar ayudando”, reflexiona.

En su interior la asaltaba esa necesidad de brindarse al prójimo. “Empecé a preguntarme entonces para que existo, y así como encuentras respuestas existenciales también surgen nuevas preguntas”, acota Luisina.

Inquieta y curiosa, comenzó a preguntar entre sus pares sobre algún grupo de jóvenes que trabajara en voluntariados. “Es así que me invitaron a un centro universitario católico que funciona en Ciudad Universitaria, y que se llama ‘El Tambo’”, que depende de la orden de los claretianos,  y donde jóvenes en edad universitaria llevan adelante distintas actividades en los barrios.

Fue así que comenzó a recorrer las calles de Córdoba en las madrugadas formando parte del grupo “Yerbamate”, que se encargaba de acercarles un mate cocido a personas en situación de calle. También participó de cruzadas misioneras en el norte y sur del país, asistiendo a comunidades postergadas. Y hasta fue parte de una misión a Haití.

Toda vez que regresaba de una misión volvía a aparecer esa búsqueda de más. Y en su compromiso asumido como misionera laica de los Claretianos, iba descubriendo distintas opciones.

En medio, algunas otras misiones; terminar la carrera de Licenciatura en Teatro, capacitarse como payamédica, ser voluntaria en la Cruz Roja, y hasta niñera para costearse su supervivencia, fueron parte de su actividad.

África mía

Pero su meta estaba en otro lado. Allá en el continente negro. “África me estuvo latiendo”, dice Luisina, y en esta frase sintetiza ese sentir que la llevó a cruzar el océano.

La primera vez que visitó aquel país fue en 2010 junto a su amiga médica Claudia Miranda.

“A través de una monja claretiana que conocía a un hermano de la misma orden y que sabía de nuestra tarea logramos un contacto para poder viajar. En 2009 comenzamos a contactarnos con unas hermanas que estaban en Costa de Marfil. Nos dijeron ‘vénganse, no hay problemas’, y nos explicaron que sólo nos podían albergar y debíamos trabajar”, detalla entusiasmada a PUNTAL la joven canalense.

Para costearse el viaje vendió empanadas, hizo peñas y todo cuanto pudo para juntar el dinero.

En Costa de Marfil, Luisina y su amiga colaboraron en el centro de alfabetización y dignificación. “Llegamos con la mochila llena de proyectos y ganas de hacer cosas, pero no siempre se puede. Pero uno va creciendo a nivel profesional y personalmente”, agrega. Cuenta que en este lugar hizo de todo, desde talleres sobre higiene, cursos de embarazo, lactancia, que en estos lugares son tan necesarios.

Asume que los títulos en estos lugares no sirven, “es simplemente dar amor, venir y acompañar, conocer otras realidades y comprometerse. A su vez, es un enseñar, pero también aprender continuamente”

De regreso de África, empezó a extrañar aquella tierra donde asegura sentir que están sus raíces. Así fue que comenzó a formarse en otras áreas, a la par que participaba y formaba parte de las actividades de los claretianos integrando la comisión de Justicia y Paz.  “Sobre todo acompañando y concientizando sobre la trata de personas, los derechos de la mujer. Siempre mi camino misionero fue por los derechos de la mujer y las víctimas vulneradas”.

En 2014 viajó a Haití para ser parte de una misión humanitaria por un año. “Regresé y entré de nuevo en crisis. Preguntándome y ahora ‘qué hago’. No me conformaba con buscar un trabajo tradicional, ejercer mi profesión. No encontraba la felicidad en eso. Yo siempre supe que esa no era mi vida”, confía Luisina.

Su familia, en tanto, en Canals, con temor cuando su hija partía hacia algún destino lejano y en conflicto. “Sé que sufren, pero aprendieron a comprenderme y me acompañan”.

Mientras  habla con PUNTAL, se cuela en el audio una risa estridente y ella, en un lenguaje desconocido, que responde. Es uno de sus niños del orfanato.

“Mi lugar en el mundo”

Siempre en contacto con los claretianos, y después de un tiempo en Buenos Aires, en mayo de 2017 partió en su segundo viaje a África.

Su destino, Kinshasa, la República Democrática del Congo. Allí la esperaban las hermanas de la orden claretiana. Estuvo allí un tiempo para luego me quedarse en la Pediatría de Kimbondo”, que es un orfanato-hospital creado por el padre chileno Hugo Ríos, quien comenzó con un pequeño dispensario, que luego se convirtió en un lugar de atención sanitaria permanente y el hogar para 800 chicos, desde bebés hasta adolescentes que llegan allí enfermos, otros fueron abandonados y reciben allí alimentación, contención y educación.

“Hay chicos con tuberculosis, muchos discapacitados que son abandonados porque en las creencias de las familias lo toman como que está poseído o maldito. Hay mucho paludismo, malaria. Muchas niñas que son dejadas aquí. Se vive en un contexto de mucha violencia y en particular hacia la mujer que ni siquiera se puede pensar como una semejante”.

Dentro de la institución en que es voluntaria, Luisina está en el pabellón de las mujeres adolescentes. Pero también, y si es necesario, pasa noches enteras cuidando y abrazando a algún bebé en el hospitalito.

“Yo llegué con mi mochila cargada de ideas y de cosas. Al ser payamédica y participar de la Cruz Roja, aprendés a hacer de todo. Pero también sos un poco madre, enfermera, hermana, maestra”, enumera.

Esta mujercita que brilla entre una multitud se sensibiliza ante estas situaciones de abandono y violencia, pero asume que es difícil de cambiar. “Hay que saber que no se viene a salvar a nadie sino a aportar un poco. Entran en juego muchas cosas en estos lugares, entonces hay que tranquilizarse. Lo más genuino es dar amor, acompañar a las niñas, comprenderlas, que se sientan dignas y empoderadas y que puedan regir sus vidas”, es el anhelo de esta misionera.

Un sueño

Su gran sueño es crear un centro transitorio para mujeres. “Un lugar donde puedan formarse, aprender, y crearse su proyecto de vida. Que se animen a salir. Algunas chicas han pasado su vida en el orfanato y hay que darles la oportunidad de salir”.

Admite, una vez más, que es difícil, porque hay una cultura muy fuerte, en la que la mujer tiene poco espacio para el desarrollo. Actualmente lanzó un proyecto de padrinazgo con el fin de juntar fondos y que más chicas del orfanato puedan estudiar.

Luisina no recibe paga alguna por su tarea. Sólo albergue y comida, y se encarga de hacer algunas artesanías para obtener algunos recursos propios, y además ayudar a las adolescentes que allí se encuentran.

“Me siento bendecida y agradecida de la vida que he recibido de regalo. Y así como la recibí debo devolverla, gratuitamente. El amor sana , salva, hace feliz”, enuncia.

Hace poco más de un año que Luisina se encuentra en Kinshasa. Su visa es por cinco años, pero sentencia: “Mi intención es quedarme más tiempo aquí. Indefinido diría. Es el proyecto de vida que elijo como joven, como misionera. Elijo esta vida. Veremos hasta dónde se puede”.

El compromiso con los sectores vulnerables

Siendo estudiante universitaria en Córdoba, Luisina comenzó a involucrarse socialmente a través del Centro Universitario Católico, que deriva de la rama de los misioneros claretianos.

“La comunidad El Tambo le dio coherencia a mi vida, de encontrar respuestas a preguntas existenciales. Encontré gente comprometida con las realidades sociales que vivimos, No era sólo salir por las noches a la calle a dar un mate cocido, era comprometerse con su situación y ser consciente de que esa pobreza está producida por un sistema”, asume.

También realizó viajes para misionar en el sur de Argentina, en comunidades aborígenes. Y en el norte en pueblos postergados.

Su compromiso social quedó reflejado también en su tesis de la Licenciatura en Teatro, en la que abordó el teatro comunitario como una expresión social en zonas marginales.

En 2014, Luisina fue parte de una misión humanitaria en Haití, en la frontera con República Dominicana. Después de un año regresó a Córdoba, y allí decidió partir a Buenos Aires buscando su destino. “Siempre con los claretianos, llegué a Constitución. Me contacté con el grupo de Infancia Robada, una red fundada por Marta Pelloni y que lucha contra la trata. Empecé a sumarme acompañando a mujeres en situación de violencia, y así siempre haciendo algo. Esas cosas me hacen feliz”, sintetiza.

Pensando en volver a África, permaneció en Buenos Aires y se mantuvo cuidando niños o tocando la armónica en el subte y en las calles. “Fueron dos años, hasta que volví por segunda vez a África, y acá estoy”, dice.

Fuente: puntalvillamaria.com.ar

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