Ir por lana y salir… santificado

Un intento de robo sufrió la comunidad de la casa central el domingo de resurrección. Tras la gran liturgia del mediodía, cuando entre los árboles del patio resonaban aún los cantos de victoria del bien sobre el mal, un par de pillos se introdujo hasta el living con la perversa intención de robar. Con ojos codiciosos recorrieron la estancia, despreciaron el periódico El Mercurio, ni miraron la estantería de libros, encontraron que sacar los sillones por entre la feligresía del patio sería muy llamativo, y, al fin, descubrieron un maletín de color negro:

-¡Este es un notebook última generación!- dijeron en su interior, y acto seguido se apoderaron del bulto sin percatarse que se trataba nada menos que el maletín especial que tiene el P. Pompeyo con los óleos y demases cuando sale a dar la unción a los enfermos.

Los tipos trataron de salir disimuladamente por entre la gente del patio que aún cantaba y se abrazaba deseándose mutuamente una feliz resurrección. En ese momento pasó rauda hacia el comedor la encargada de traer unas empanadas para el condumio del clero de la casa.

Pero los ojos avizores de algunos feligreses encontraron sospechoso que un par de desconocidos tratara de salir con un maletín negro y con cara de asustados. Se dio la voz de alarma, los del Coro rodearon a los malhechores, llegaron las veteranas gritando como bandada de cacatúas, con la clara intención de no perderse el acontecimiento, se arremolinó la feligresía, alguien gritó que llamaran a los carabineros y entonces apareció nada menos que el mismísimo padre Pompeyo.

Frente a los malandrines, los increpó. Eligiendo las palabras más castizas les preguntó,

mirándolos a los ojos, que quienes eran, que si tenían algo nuevo que contarle, que no tuvieran miedo, que quizá para mañana fuera tarde, que en qué lugar se habían encantado con el maletín litúrgico, y a qué dedicaban su tiempo libre.

Uno de los tipos dijo que robaban por hambre, y de inmediato el P. Pompeyo hizo traer dos de las empanadas más grandes para satisfacer el apetito de esos hermanos necesitados. Después otro dijo que en realidad estaba enfermo, a lo que el buen párroco respondió abriendo el maletín, sacando los óleos y ungiéndolo con abundante aceite en la cabeza, haciendo la oración de los agonizantes, y toda la comunidad reunida respondió amén, amén.

Después de esta tierna escena, el buen Padre los despidió animándolos a llevar una vida buena, ya que tras la unción quedaban como recién nacidos, libres de toda culpa, y que conservaran la túnica blanca de la inocencia hasta su muerte.

Diez minutos después de la estampida de los dos frescolines que salieron santificados y a plena carrera hacia la calle, llegó Carabineros. Al saber que ya todo se había arreglado de buena forma, le pidieron al párroco sus datos personales.

Así, los pillos se fueron santificados y el P. Pompeyo quedó fichado por la policía. ¡Plop!

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