En la Fiesta de San Antonio María Claret

En la fiesta al Padre Fundador de la Congregación de los Misioneros Claretianos, saludamos a la familia que comparte el ideal misionero de Claret.  Al mismo tiempo compartimos una carta que el Superior General ha enviado desde Roma intitulada “En el 150 aniversario de la gracia eucarística“:

“En el día 26 de agosto de 1861, hallándome en oración en la Iglesia del Rosario, en La Granja, a las 7 de la tarde, el Señor me concedió la gracia grande de la conservación de las especies sacramentales y tener siempre, día y noche, el Santísimo Sacramento en el pecho; por lo mismo, yo siempre debo estar muy recogido y devoto interiormente; y además debo orar y hacer frente a todos los males de España, como así me lo ha dicho el Señor” (Autobiografía 694).

El año 1861 corresponde a una etapa difícil de la vida de San Antonio María Claret. Tiene 53 años. Es, ciertamente, un momento de madurez humana, psicológica, espiritual y apostólica. Pero es también una época en que ha tenido que asumir, por obediencia, un encargo en el que nunca había pensado: confesor de la reina. Es, además, una época en que arrecian la persecución, las calumnias y el acoso de muchos hacia su persona. Es el tiempo en que le toca vivir con una intensidad especial el tercer verbo de los cuatro con que él mismo describió la vida misionera que proponía a los miembros de la Congregación: sufrir. Recordemos el “orar, trabajar, sufrir y procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de los hombres”.

Es éste el momento en que, después de haber recibido la “gracia grande”, cuyo 150 aniversario estamos conmemorando este año, comienza a escribir la Autobiografía y va recordando los sueños y las distintas vicisitudes que fueron marcando cada una de las etapas de su vida.

En este momento de su vida se da cuenta de que es la hora de abandonar completamente sus propios sueños y de acoger, en total obediencia y humildad, la parte que Dios, en su Providencia, le ha preparado para colaborar a la realización de su gran sueño para la humanidad: “Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”. No es el momento de los propios sueños, sino de acoger y responder únicamente al gran sueño de Dios.

En su proceso de maduración espiritual Claret va descubriendo la llamada de Dios que le invita a una comunión más profunda con Él y le descubre siempre nuevos horizontes misioneros. Llamada y respuesta. Se trata de aquella experiencia fundamental de la persona que se siente llamada, atrapada y seducida por Dios de tal manera que responder a esta llamada se convierte en su aspiración fundamental, en su sueño más auténtico, en lo único que puede llenar de sentido su vida. Se siente profundamente unido a Jesús, el enviado del Padre. La vida de Claret gira en torno a Jesús y a una profunda relación de amistad con Él.

Es una amistad que se ha ido consolidando a lo largo de su vida alimentada por el pan de la Palabra y de la Eucaristía. Ahora, en este 1861 difícil, se ve sellada con el regalo de la presencia sacramental permanente del Amigo en su interior. La gracia eucarística, que Claret tiene conciencia de haber recibido, solamente puede ser entendida dentro del camino espiritual de toda su vida.

En la alegoría de la vid y los sarmientos que nos presenta el Evangelio de Juan (cf. Jn 15, 1-17) encontramos una clave de lectura de esta gracia en una palabra que se va repitiendo en este texto: “Permanecer”. Permanecer en Jesús y dejar que Jesús permanezca dentro de uno mismo. Vivir incesantemente en su presencia y dejar que ésta vaya configurando cada una de las dimensiones de la propia vida. Sentir de un modo nuevo, junto con Jesús, la presencia consoladora y transformadora del amor inconmensurable del Abbá. Percibir, desde la sensibilidad de Jesús, la presencia de los hermanos, sus esperanzas y sus gritos, y dejarse llevar únicamente por aquella compasión que marcó su vida. Discernir solamente desde Dios lo que es bueno y lo que es malo, superando cualquier tipo de intereses que no sean los que tienen que ver con “las cosas del Padre”, con el Reino. Poder decir, con Jesús, que el propio alimento es hacer la voluntad del Padre. Dejar que sea Jesús quien suscite en el corazón la actitud frente a quienes calumnian y persiguen y ponga en la boca la palabra de perdón capaz de ganar definitivamente al hermano. Sentirse, como Jesús, en las manos del Padre aun cuando el grito que nazca del corazón angustiado sea “que pase de mí este cáliz”. Saber decir, con Jesús, “en tus manos encomiendo mi espíritu”, expresión de la máxima confianza en Dios, que crea el espacio imprescindible de libertad para anunciar y testimoniar, siempre y en todo lugar, la nueva realidad del Reino. Todo ello se resume en la expresión de Pablo en la carta a los Gálatas: “No vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Ésta es la experiencia de Claret bendecido por la presencia sacramental permanente de Jesús en su interior.

A partir de este momento la historia de la propia vida se escribe únicamente con el lenguaje del amor, como queda fuertemente subrayado en la continuación de la alegoría de la vid y los sarmientos en este texto del capítulo 15 del Evangelio de Juan. La vida entera se hace “Eucaristía”, porque se vive con una profunda gratitud al amor de Dios y con una gran pasión por los hermanos. Se responde al amor de Dios, amando. No puede ser de otra forma. Y de una vida marcada por el amor y de una comunidad cuya ley es el amor, nacen frutos abundantes.

Una vida eucarística es una vida en comunión: con Jesús, y, en Jesús, con todos y con todo. Goza la comunión y busca la comunión. Lucha contra todo lo que rompe la comunión. Está marcada por un poderoso dinamismo de solidaridad con los pobres y excluidos, a quienes Jesús ha constituido también como sacramentos de su presencia. Se caracteriza igualmente por una profunda conciencia ecológica que sabe respetar la armonía de la Creación y acogerla como don que Dios nos ha dado para compartir entre todos. Una vida eucarística es aquella que encuentra su sentido en el darse para que la vida, don de Dios, pueda ser vivida en plenitud por todos y cada uno y para que, de este modo, resplandezca verdaderamente la gloria de Dios.

Me pregunto cómo nos interpela hoy a nosotros esta experiencia eucarística del Padre Fundador. A él le hizo sentirse llamado a vivir “muy recogido y devoto interiormente”, o sea a gozar y cultivar la amistad profunda con Jesús, y a “orar y hacer frente a todos los males de España”, es decir, a unirse a Jesús en su entrega total al proyecto del Padre asumiendo todas las consecuencias que ello pueda suponer.

Esta experiencia del P. Fundador me invita a soñar en una Congregación marcada por una conciencia profunda de la presencia de Dios, una Congregación que se sienta habitada por Dios y viva agradecida por este don siempre inmerecido. Será, de este modo, una Congregación capaz de suscitar la pregunta sobre Dios en nuestro mundo secularizado.

Me mueve a soñar en una Congregación que, porque ha sabido abrirse a la presencia de Dios, sabe reconocer su voz en quien pide ayuda, su dolor en el que sufre, su sed de justicia en el que es oprimido y marginado, su gesto de amor en todo aquel que sirve a sus hermanos. El rostro de Jesús queda grabado en el corazón de quien come su carne y le habilita para reconocerlo en los rostros de quienes encuentra en el camino. Una Congregación que, por ello, está dispuesta a responder generosamente a estas llamadas.

Me induce a soñar en una Congregación que asuma ser “don” de Dios para la Iglesia y para el mundo, “pan partido para la vida del mundo”; una Congregación que se deje “comer” porque se ha dejado transformar por el Espíritu en “pan partido” para todos.

Sueño en una Congregación que no tenga miedo de asumir el sueño de Dios para sus hijos en este momento de la historia y que sepa renunciar a sus propios sueños para ponerse al servicio del sueño del Padre de los cielos. Lo decíamos ya en el documento del Congreso de espiritualidad claretiana: “La contemplación de Jesús en la Eucaristía libera nuestros corazones de los miedos y del egoísmo, y nos lleva inexorablemente a un decidido compromiso a favor de los hermanos que sufren o están oprimidos”.

Os invito a todos a soñar juntos en una Congregación que sepa dejarse interpelar por esta gracia eucarística que Dios concedió al P. Fundador. Será, sin duda, una Congregación profundamente misionera.

Os deseo a todos una gozosa celebración del fiesta de San Antonio M. Claret.

Josep M. Abella, cmf.
Superior General.

2 comentarios

  1. Patricia Isabel Monroy Ávila dice:

    Felicidades a todos los claretianos, en especial aquellos con los que compartimos en nuestra tierra de Atacama..al Padre Jorge Mella Urtubia, al hermano Pedro Rojas por todo lo enseñado, al Padre Adam Bartyzol por su cariño, comprensión amistad y a nuestro querido párroco el Padre Haroldo Zepeda por todo lo entregado en su incansable trabajo, por darnos las herramientas para educar nuestra fe, por sus palabras de aliento cada vez que las fuerzas flaquean , por mostrarnos al Señor con su testimonio de vida, gracias a los misioneros claretianos que el Señor los bendiga siempre…un abrazo.

  2. denisse cruz dice:

    hola vivo orgullosa de pertenecer y parte de mi parrioquia Santa Maria en cana. Vivimos como claret .

Deje un comentario