En el 75 aniversario de los Hermanos Mártires de Barbastro

Cuando claretianos de Asia o África, o incluso de América Latina, visitan Barbastro, Cervera u otros lugares donde fueron asesinados tantos hermanos nuestros durante la triste y terrible guerra civil española del año 1936, preguntan sorprendidos sobre el por qué de tanto asesinato y tanto odio.

El testimonio de la fidelidad de nuestros hermanos mártires a los valores que fundaban su vida llega al corazón de cualquier claretiano que visita estos lugares martiriales y estimula la respuesta vocacional de quien recuerda el gesto generoso de quienes supieron supeditarlo todo a su adhesión a Cristo y a la vocación recibida. Pero la pregunta sobre el por qué sigue inquietando la inteligencia de quien quiere comprender una situación que parece inexplicable.

Todos los martirios tienen su contexto: religioso, social, político. Lo tuvo incluso el martirio de Jesús. Lo tuvo obviamente el martirio de muchos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y de muchos seglares durante la guerra civil española. Las desigualdades sociales, los deseos de poder de los distintos grupos políticos, el creciente desorden social que se estaba experimentando en aquel momento, la identificación -muchas veces sin fundamento- de la Iglesia con uno de los grupos que se disputaban el poder en aquel momento, la manipulación de la opinión pública desde las ideologías dominantes, también la falta de una evangelización más profunda del pueblo, especialmente de quienes vivían en situaciones más marginales y un largo etcétera, nos darían algunas pistas para explicar el porqué de tanto odio y tanta violencia, particularmente contra todo aquello que se pudiera relacionar con la Iglesia. La sublevación militar acabó de hacer estallar un fuego que estaba latente desde hacía tiempo. A los 75 años de aquel momento tan triste de la historia de España se vuelven a hacer análisis y reflexiones que refuerzan el deseo de que algo semejante no vuelva a ocurrir jamás.

Nuestros hermanos conocían la situación y optaron por seguir a Jesús porque querían evangelizar a ese pueblo y a otros pueblos que estaban presentes en el horizonte misionero de la Congregación. Sabían que la Palabra de Dios transforma el corazón de las personas y les da la fuerza que se necesita para transformar verdaderamente la sociedad. Para ello habían ofrecido su vida a Dios y supieron mantenerse fieles a su promesa.

La grandeza del mártir está precisamente en mantenerse fiel a los valores que Jesús nos propone en el Evangelio y a la vocación que el Señor le ha dado para vivirlos y para ponerse al servicio de los demás. Saberse en las manos y en el Corazón del Padre y buscar el Reino de Dios y su Justicia por encima de todo es lo que sostiene al Mártir en su testimonio. Los mártires constituyen una herencia preciosa de las familias religiosas. Son iconos que nos recuerdan el sentido de nuestras vidas, la razón de nuestra existencia. “Consagrados a Cristo y al servicio de su Reino han dado testimonio de la fidelidad del seguimiento hasta la cruz. Diversas las circunstancias, variadas las situaciones, pero una es la causa del martirio: la fidelidad al Señor y a su Evangelio, porque no es la pena la que hace al mártir, sino la causa” (Caminar desde Cristo, n. 9).

Estos días estamos recordando el martirio de muchos hermanos nuestros. Se cumplen 75 años de aquellos hechos que llenaron de angustia a toda la Congregación y que dejaron un profundo signo martirial en la historia de nuestro Instituto. He estado leyendo estos días las Actas de las reuniones del Gobierno General de aquellos días y también los testimonios escritos y orales que iban llegando a Roma desde diversas partes de la Congregación en España, sobre todo de la Provincia de Catalunya, la más castigada por la persecución. Tanto en las actas como en los testimonios se refleja, por una parte, la preocupación y la angustia ante las noticias que llegaban: muertes, saqueos, hermanos de quienes no se tenían noticias, etc. Todo ello iba acompañado por un sentimiento de impotencia ante lo que estaba ocurriendo: qué hacer. Se descubre una diversidad de visiones, posiciones y estrategias. Pero, por otra parte, se refleja muy clara la conciencia unánime de que se estaba viviendo una hora martirial y de que se estaba viviendo con una generosidad y una entereza extraordinarias. Los escritos de nuestros mártires y el testimonio de muchas personas que compartieron con ellos la cárcel o que los acogieron en sus casas aun a riesgo de sus propias vidas, hablan con elocuencia del espesor espiritual de nuestros hermanos.

Es bueno recordar las palabras y los sentimientos que aparecen con mayor insistencia en sus escritos y en el testimonio de quienes compartieron con ellos momentos que dejaron una señal indeleble en sus vidas. Gritan: ¡Viva Cristo Rey!, expresando cuál es el ideal que impulsa su vida. Se sienten llamados a perdonar a quienes van a ser los ejecutores de sentencias injustas dictadas solamente por el odio o los prejuicios. Recuerdan a su “amada Congregación” y expresan el deseo de que la sangre que ellos vierten sea portadora de vida para ella y, a través de ella, para muchas personas en todo el mundo. Piensan en sus familias y sienten el deseo de hacer llegar una palabra de consuelo y esperanza a sus padres, sobre todo a sus madres, que van a recibir con dolor la noticia de su muerte, e invitarles a ser partícipes de su ofrenda martirial. Sienten la nostalgia de la misión que algunos habían ejercido con gran generosidad y que había llenado de entusiasmo el corazón de los más jóvenes; saben que se les pide ahora un testimonio diverso pero igualmente significativo. Viven con fuerza la experiencia de comunidad, incluso aquellos que deben afrontar el martirio en solitario pero que se sienten arropados por el recuerdo y la oración de sus hermanos. Sueñan en un mundo sin odio donde las enseñanzas del Evangelio -los valores del Reino, diríamos hoy- ayuden a encontrar aquellos caminos de paz y fraternidad que están arraigados en lo más profunda del corazón humano. Viven con especial profundidad la experiencia del amor de María y sienten su presencia en un momento en que, más que nunca, necesitan un gesto de ternura.

En un momento difícil de sus vidas, a través de la ayuda mutua que pudieron experimentar los mártires de Barbastro y otros que llegaron al martirio en comunidad, o a pesar de la soledad con que tuvieron que afrontar aquel momento decisivo de sus vidas otros, encuentran en la Eucaristía, en la meditación de la Palabra de Dios y en la oración, una fuerza que les capacita a seguir diciendo “sí” sin reticencias, cuando esta palabra asume una densidad hasta entonces nunca vislumbrada.

El testimonio de nuestros hermanos nos sigue motivando y cuestionando. La dimensión martirial está siempre presente en la vocación misionera. Lo estuvo en la vida del Fundador y lo ha estado en la historia de nuestra Congregación. El P. Fundador integró esta dimensión en la definición del misionero y la vivió él mismo en las distintas etapas de su vida. “… Nada le arredra, se goza en las privaciones; aborda los trabajos; abraza los sacrificios; se goza en los tormentos y dolores que sufre y se gloría en la cruz de Jesucristo. No piensa sino cómo seguirá e imitará a Cristo en orar, en trabajar, en sufrir, en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de los hombres” (CC 9). Nuestros hermanos mártires, como todos los Claretianos, llevaban estas palabras grabadas en su mente y en su corazón. Las sabían de memoria y las habían meditado infinidad de veces. Sin embargo, ellas no borraron de su vida la debilidad. Seguramente les pesaron algunas privaciones, se sintieron débiles ante los sacrificios que se les pedían y experimentaron miedo ante los tormentos que pensaban les pudieran llegar. La definición del misionero no es la descripción de unos “hombres fuertes”, sino de personas que han sabido mirar a Jesús y acoger en sus corazones su mirada. La contemplación de Jesús, la comunión con su pasión por el Padre y su proyecto, con su amor por cada uno de sus hermanos -expresadas bellamente en la última frase de la definición- es lo que posibilita vivir las exigencias de la primera parte de la misma. Los mártires han sabido fijar su mirada en Jesús y han sabido acoger la mirada llena de ternura y misericordia del Maestro que transformó el corazón de aquel Pedro que había negado conocer al Señor y que luego fue capaz de dar la vida confesando su fe en Él. La confesión de la fe en Jesús hasta la muerte es fruto de una amistad profunda con el Maestro. Y la amistad es un don que hay que cultivar con esmero. Construir nuestra vida en torno a Jesús, respondiendo a la invitación que Él nos ha hecho, es nuestro camino de autorrealización. Es el camino que nos prepara para “dar la vida”, cada día y en el martirio si fuera necesario.

Sé que en muchas Provincias y Delegaciones, en muchas comunidades y actividades de la Congregación se han programado diversos actos conmemorativos del 75 aniversario del martirio de nuestros hermanos. Que sean celebraciones que nos hagan sentir la mirada de Jesús sobre nosotros, nos ayuden a escuchar de nuevo su llamada y nos preparen para darle una respuesta radical y generosa. La Congregación y cada uno de nosotros hemos de estar preparados para ser testigos del Reino en cualquier circunstancia y contexto. Que no nos falte nunca aquella fuerza espiritual que permitió a nuestros hermanos vivir con una fidelidad gozosa un momento tan difícil de sus vidas. Es una página gloriosa de la historia congregacional que no debemos solamente recordar sino estar dispuestos a seguir construyendo (cf. VC 110).

Roma, 1 de agosto, 2011

Josep M. Abella, cmf. Superior General

 

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