El P. Mariano Avellana, un testimonio comprometedor

Este 14 de mayo se cumplen 108 años de la Pascua del P. Mariano Avellana, uno de los grandes íconos de santidad que ha generado el carisma de Claret. Y un ejemplo cabal de la radicalidad que puede alcanzar la vivencia del compromiso misionero cuando se asume “sin glosa”, como reclamaba Francisco de Asís, y sin rehuir las duras consecuencias que el propio Claret previó en la clásica definición: encendiendo al mundo con el propio fuego interno, sin que nada arredre, gozándose en las privaciones, abordando sin remilgos el trabajo evangelizador, y a la par los insoslayables sacrificios, calumnias, y hasta tormentos si fuere necesario.

Ejemplo, asimismo, de cómo la gracia divina es capaz de superar las debilidades de la naturaleza humana, si se la deja actuar con entrega y generosidad plenas.  Porque, si bien Mariano Avellana alcanzó fama de santidad desde obispos hasta el pueblo humilde de su tiempo, los estudiosos de su vida coinciden en que no nació santo; tuvo que domar a fuerza de fe y constancia un genio tremendamente explosivo y una naturaleza arisca que, según sus humildes confesiones, pudo haberlo llevado a la perdición si a punta de privaciones  no la hubiera hecho tascar el freno.

No en forma liviana uno de sus biógrafos más conocidos habla de “Mariano, o la fuerza de Dios”. Es que no parece propio de las solas fuerzas humanas que Mariano haya evangelizado al pueblo chileno por  31 años con una intensidad que asombra, a pesar de sufrimientos que hubieran arredrado a cualquiera, menos a él, cuyo férreo carácter y fuerza de voluntad fueron proverbiales.

Valga recordar que en 1870 había ingresado en su natal España a la congregación claretiana siendo un joven sacerdote de 26 años, y tres años después llegaba a Chile con un propósito tajante que lo retrata de cuerpo entero: “¡o santo, o muerto!”.

Convencido de que su camino de santidad estaba en ser cabalmente misionero, se entregó a ello con alma y vida.  Apenas llegara se dedicó a recorrer el largo territorio chileno hasta donde le fue posible con los medios de entonces: en carreta, precarios coches, a caballo, a pie, o en incómodos trenes y barcos para mayores distancias. A lo largo de 1.500 kilómetros, apenas hubo ciudad, pueblo, campamento minero o villorrio marginal donde no misionara varias veces, de preferencia a los enfermos, los presos y los más abandonados.

Llegó así a predicar más de 700 misiones, generalmente de diez días dedicados por entero a la gente de cada lugar. Eso solo suma más de 20 años de trabajo. Gran parte de los restantes 10 años hasta su muerte los dedicó a hospitales y cárceles. Y en todas partes se ganó del pueblo sencillo el apelativo de “santo”. El papa Juan Pablo II diría más tarde, al declararlo Venerable, que sus virtudes fueron heroicas.

Es que realizó su incansable trabajo misionero con grandes sacrificios. Padeció un herpe, un tipo de lesiones ulcerosas que comprometen los nervios en forma muy dolorosa. Las sufrió sobre el vientre por 20 años, hasta su muerte, sin quejarse ni frenar su actividad misionera. Tampoco lo hizo cuando en sus últimos 10 años de vida le surgió en una pierna una herida que fue creciendo hasta el tamaño de una mano abierta. A pesar de ella, siguió cabalgando por villorrios y campos. Sufrió por último una parálisis facial que dificultó por un tiempo su predicación, pero la superó a fuerza de fe y voluntad.

Y tenía que morir en su ley. Durante una misión contrajo una neumonía doble, por la que falleció en el pequeño hospital de un pueblo minero, en el norte de Chile, el 14 de mayo de 1904.

Declarado Venerable en 1987, un cuarto de siglo después sigue a la espera del milagro que permita su beatificación.  Demasiado tiempo, talvez, si se le compara con numerosos casos en que un siervo de Dios ha llegado a los altares en tiempo récord.

Vale la pena que la familia claretiana se detenga a reflexionar al respecto. No sólo la de Chile, que con él tuvo el privilegio del paso de Dios por su tierra. Porque Mariano Avellana es patrimonio de cuantos alrededor del mundo nos sentimos animados por el espíritu de Claret, que lograra en Mariano un fruto tan admirable. ¿Por qué el Señor no se habrá dignado concedernos aún el milagro que se requiere en favor de este fiel servidor cuya fama de santidad fue unánime durante su vida y ha sido reconocida desde investigadores y hagiógrafos hasta el pastor máximo de la Iglesia?

Parece ser que su figura no ha sido difundida en forma tal que su intercesión se invoque profusamente frente a enfermedades o accidentes graves, y haya así –desde un punto de vista humano- campo propicio para la aparición de un milagro. Si la autocrítica ha de comenzar por casa, valga sugerirla a las comunidades del Chile que fuera bendecido por la entrega total de su vida. Y ahora, cuando emerge en el Cono Sur de América la nueva provincia claretiana de San José del Sur, valga también proponer que la figura de Mariano Avellana tenga lugar relevante en la implementación de su apostolado. Sin que ello sea suficiente.  Porque es toda la familia claretiana mundial la que tiene la deuda impaga de lograr su glorificación terrena, sobradamente merecida.

                                              

                                               Alfredo Barahona Zuleta

                                               Vicepostulador Claretiano en Chile

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