Capilla “Cristo Peregrino” se repara con apoyo y trabajo de toda la comunidad

adamLa necesidad era evidente. El tiempo apremiaba. «La capilla está pa’la historia», se oyó decir. Hacía varios añares que la gran comunidad cristiana “Cristo Peregrino” de Los Molinos (Vicaría de la Costa Valdiviana) compartía su capilla con una población de polillas y termitas que, por muy asiduas al templo que parecieran, su interés no era precisamente el crecimiento espiritual de la obra de Dios, sino el de sus propias barrigas y afiladas denteras.

Las decisiones entonces no se hicieron esperar: «Hay que construir otra capilla», fue la sentencia final antes de emprender la tarea y ahí mismo, en menos de lo que canta un credo, comenzaron a hilvanarse las ideas frente al desafío de reconstrucción. Las doñas se arremangaron las esperanzas y las pañoletas, y los hombres los bigotes y blujeans.

Todo estaba en marcha. Llegaron los martillos, asomaron los serruchos; los chuzos tronaban y las carretillas transitaban con el típico traqueteo de sus ruedas. «Manos a la obra que el cielo azul de hoy nos acompaña», fue la arenga iniciada por el emblemático misionero polaco, mientras la coordinadora de la comunidad, Marta Palma, dio el puntapié inicial. Se dibujaron los planos, se midieron las esquinas, se organizaron las emociones y se pesaron las energías, y todo, pero absolutamente todo, se tornó un remolino de actividades acariciadas por la generosa brisa, justo frente al mar.

Sin exageraciones ni tapujos, los trabajos mostraron una vez más de lo que tantas veces los chilenos han visto en momentos en que la urgencia y generosidad ponen su grito en los corazones hermanos. A la hora de hincarle el diente al pan añejo, hasta los más veteranos y desdentados obreros aparecieron con filudas prótesis y mandíbulas endurecidas para roer con fiereza hasta el clavo más duro que le pongan por delante.

«¡A las ricas sopaipillas!»

CapillaLuego llegó el amasijo y sus ingredientes varios. Sobre la mesa, hicieron bailar harina y sal, ya fuese sobre aceite caliente produciendo gordas sopaipillas o entre tizones abrasadores para dar vida a las más suculentas tortillas al rescoldo. Gran oferta, desde luego, para los más exigentes oídos que, alertados por los gritos desgarradores de las vendedoras, acudían a comprar las bondades expuestas en adornadas bandejas de madera.

Buen negocio frente a la playa y sus arenas calientes. «Lleve las sopaipillas con pebre calientitas», «A las ricas sopaipillas», «Coopere con la reconstrucción», fueron las consignas que llamaron la atención de vecinos y turistas, que hacían fila para captar la oferta que iba y venía en cada rincón de la extensa playa de Los Molinos. Eran la tres de la tarde y el sol chirriaba en lo alto con sus amenzantes rayos ulravioletas. Y aunque las nucas estaban rojas y los lomos sudorosos, la esforzada comunidad trabajaba y trabajaba. El fuego era atizado. «Más harina, más manteca, que no falte aceite»; tal como en los milagros relatados en la Biblia, se multiplicaban las sopaipillas para glorificar el nombre de Dios.

Lo más lindo y bendito del paisaje era el concierto de gritos dibujando su eco entre ofertas y martillazos, sinfonía de gargantas y martillo menor, adornado con algunos acordes de serrucho y la seguidilla de garabatos del misionero polaco que, por descuido u omisión, quedó como el Jesús de los lamentos, luego que el dedo guatón del pie fuese atravesado por un clavo traicionero. «¡Wzll z yklo!», repetía en todo momento encumbrado en lo alto de la techumbre. Y es que el emblemático misionero, más conocido por sus atributos con la cámara fotográfica que con el martillo, olvidó que para ser carpintero se necesitan más que buenas intenciones y oraciones. Así y todo, colorado como jaiba y con el dedo más inflado que sopaipilla, no cedía a los martillazos decomunales mientras la fila de catequistas presentaban ungüentos, pomadas, cloroformos y toda clase de parches, de esos que se suelen llamar “pa’l curita”.

Nada se pierde, todo se transforma

CampanaEn fin. Tal como en las leyes de la química, aquí “nada se perdió, todo se transformó”. Ni el más mínimo recurso se fue a la basura. Todo lo que estaba viniéndose abajo en la antigua capilla, fue vendido. Excepto las termitas y sus secuaces polillas. Tejas, vigas y palos se vendieron como leña; madera tras madera, tabla tras tabla se negociaron al mejor postor o a cambio de una docena de huevos frescos. Verdadero ejemplo de reciclado eficiente y buen uso de los pocos y pobres materiales.

Nombres hay muchos, desde luego. Anécdotas, por montones. Aun no sabemos si el Servicio de Impuestos Internos vendrá a inspeccionar la venta de sopaipillas, o la licencia “cuchufleteada” para el negocio que se vio asentado frente al mar. Lo cierto de todo, que para la mayor gloria de Dios y la felicidad de la comunidad cristiana, muy pronto la nueva capilla verá la luz. Y todo con la mismísima receta del ayer: «Cuando se quiere, se puede».

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